
La tarde era-bien lo recuerdo-cuando un vapor, engalanado por el respeto extranjero, que sabe a veces más del porvenir que el respeto propio, iba serenando sobre el mar azul la marcha que lo acercaba a un muelle rebosante. De oro era el aire, y chispeaban, como combatiéndose, los rayos de sol. ¿Y ea de otros aquella isla, labrada y hermoseada por el esfueno cubano? ¿Y no cargaremos con ella, como nuestra alma invencible que ha sido, J nos la clavaremos al costado, para monumento de sus fundadores, J objeto de nuestra justa admiración? Ni mucetas ni diplomas me admiran tanto como el poder de crear, con los retazos
de un pueblo de amos y de siervos que fue echando la casualidad sobre la
roca, un pueblo que pecho a pecho lanzó al mar el crimen con que lo
envenenaban, y levantó sin ayuda ni modelo, donde los que le hubieran
podido servir de ejemplo nada habían levantado, la casa de trabajo en
que viven en paz, con la franqueza y energia del pecho libre, los hombres
de razas y procedencias diferentes que un sistema de odio crió.
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